En la orilla

Recomendada para especuladores e inversores de medio pelo, y también para todos que van al Levante y observan con estupor lo que algunos calificamos como horror urbanístico

 


La crisis económica resultante del estallido de la burbuja inmobiliaria sacó a la luz todas las miserias de un país y de unos ciudadanos que, por acción u omisión, al menos por connivencia, contribuimos de algún modo a montar un gran puzle de especulación, inversiones, influencias y corrupciones. Un mundo egoísta e individualista que acabó por explotar y lanzarnos a la cara toda la mierda de la que estaba compuesto.

De todo lo que rodea a una de las épocas más vergonzantes de nuestro país nos habla En la orilla, la adaptación teatral de la novela de Rafael Chirbes del mismo nombre que obtuvo el Premio Nacional de Narrativa y de la Critica en 2014. El Teatro Valle-Inclán de Madrid acoge esta versión de Adolfo Fernández y Ángel Solo, dirigida por el primero, que pone voz, carne y huesos a los personajes ideados por el literato valenciano. En esta ocasión, a diferencia de lo que sucedía en Crematorio, la conocida historia de Chirbes que fue llevada a televisión con gran éxito, los personajes que aparecen en escena son gente común. Se nos presentan las debilidades de la gente de a pie, sus lados ocultos y cómo cada uno a su manera se aprovecha de la situación reinante con las artimañas que tiene a su alcance.

Esteban, el protagonista de la obra, es la encarnación de este cuestionamiento social que en su mayor parte atiende a asuntos morales. Magistralmente interpretado por César Sarachu, sin duda el punto más fuerte de la obra, Esteban nos introduce al resto de personajes que han vivido tiempos mejores e intentan sobrevivir en el momento de la decadencia. Tipos que se convirtieron en constructores de éxito, especuladores, periodistas envueltos en burbujas de lujo y exquisitez, inmigrantes en busca del dorado y personas con hambre de triunfos materiales y riquezas brillantes que ahora tienen que afrontar la desaparición de ese mundo efímero. Destacan también las intervenciones de Sonia Almarcha, interpretando a diferentes y variados personajes, y de Marcial Álvarez. Rafael Calatayud, Adolfo Fernández, el propio Ángel Solo y Yoima Valdés completan el reparto.

El hedor del marjal donde se desarrolla la acción lo envuelve todo. Todo es pestilente. La puesta en escena así lo transmite. La luz y el vídeo que ambientan la sala transporta a los espectadores a la costa del Levante, a los márgenes donde las grúas han quedado paradas y los edificios y adosados solo son esqueletos. La escenografía quizá resulta algo artificiosa, con elementos en movimiento que transmiten a ratos un punto impostado. Sin embargo, el resultado general es exitoso.

El ambiente de Chirbes, una de sus señas de identidad, no se ve alterado ni dañado. Un gran reto el que se plantearon en esta coproducción puesta en marcha por el Centro Dramático Nacional, K Producciones, La Pavana/Diputación de Valencia y Emilia Yagüe Producciones, sin duda. Para ser la primera vez que se lleva a escena un texto basado en esta novela podemos decir que el público sale satisfecho. El potencial dramático del universo Chirbes es innegable, seguro que nuevas versiones de esta y otras de sus obras tendrán lugar en el futuro. Y a la vista de la buena acogida serán todo un éxito.

Mi puntuación 3/5

3estrellas

Estela Cayón

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