Troyanas

Recomendada para amantes de los clásicos que sepan disfrutar de una buena adaptación contemporánea


Las guerras son terribles, pero quizá hay un momento aun más o tan duro como estas, la posguerra. La vida tras la declaración del fin. En ese instante, los ciudadanos se dividen en vencedores y vencidos, teniendo los primeros privilegios y potestad sobre los segundos, incluyendo sus vidas, sus cuerpos y sus voluntades. Esto ha sido así siempre, desde la guerra de Troya e incluso desde antes, y llega hasta nuestros días, hasta las calles de ciudades como Alepo. De todo esto nos habla ‘Troyanas’, el montaje dirigido por Carme Portacelli sobre la versión de Alberto Conejero de ‘Las Troyanas’ de Eurípides.

Tras la caída de la ciudad, las mujeres troyanas esperan a que los griegos lleguen y les comuniquen su destino. La reina Hécuba, interpretada magistralmente por Aitana Sánchez Gijón, pasará a ser esclava de Ulises, Casandra (Miriam Iscla) será para Agamenon, Políxena (Alba Flores), sacrificada en la tumba de Aquiles, y el futuro del resto de personajes no correrá mejor suerte. Las mujeres siempre forman parte del botín y de la venganza contra el enemigo. Esta obra nos habla de su sufrimiento, de su visión y del instinto de supervivencia. También del honor y de la venganza. Los personajes no solo están tristes, sino también rabiosos.

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La escenografía de Paco Azorín impresiona nada más entrar a la sala. Una gran T caída y montones de cuerpos sin vida repartidos por el escenario. La guerra es muerte y destrucción. Acompañan en determinados momentos vídeos de guerras contemporáneas, de ciudades destrozadas de la más reciente actualidad. Y el texto nos recuerda la realidad de los migrantes que vemos cada día en el telediario intentando alejarse de sus países en conflicto. Tampoco se olvida de la pesadumbre de los vencedores que se ven “obligados” a renunciar a su humanidad, como Taltibio, interpretado por Nacho Fresneda, quien va comunicando a las mujeres el futuro que les espera; ni de la corresponsabilidad de los meros espectadores, todos nosotros, que conscientes de todas las atrocidades y penurias seguimos con nuestra vida mirando para otro lado.

La guerra y sus consecuencias es algo tan antiguo como actual, y esta obra refleja claramente este espíritu. Mención especial merece la interpretación de Alba Flores, su voz, sus movimientos coreográficos y sus canciones, sin menospreciar a Aitana Sánchez Gijón que nos tiene acostumbrados a tanta excelencia que ya se da por hecho.

Tras su estreno este verano en el Festival de Teatro Clásico de Mérida, ‘Troyanas’ puede verse en el Teatro Español de Madrid hasta el 17 de diciembre y seguirá de gira por diversas ciudades españolas en los próximos meses. Uno de los montajes de la temporada, sin duda.

Mi puntuación 3/5

3estrellas

Estela Cayón

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Espía a una mujer que se mata

Recomendada para solterones, alcohólicos y existencialistas de manual


La versión de ‘Tío Vania’ de Chéjov del argentino Daniel Veronese, que puede verse hasta el 10 de diciembre en la sala Francisco Nieva del Teatro Valle-Inclán de Madrid, supone una profunda reflexión sobre el sentido de la vida, la verdad y, también, la familia. El autor adapta y dirige un montaje que enfrenta lo urbano y lo rural, el arte y la vida, la belleza y la sordidez. Los personajes de este ‘Espía a una mujer que se mata’ están aburridos, sin rumbo y dejan entrever tanto sus mezquindades como sus anhelos. La rutina les absorbe y, cada uno a su modo, desprecian al resto por desperdiciar sus vidas tanto como lo están haciendo ellos.

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El texto es la base de esta obra, cuyo peso recae en el excelente hacer de todos los actores. Serebriakov (Pedro G. de las Heras) es un profesor urbanita que mira con condescendencia al resto de personajes, a los que visita en el campo, y de los que considera que están muy por debajo de él. Su mujer, Elena (Natalia Verbeque), vive ahogada por la decisión de acompañarle, que en el presente no tiene tanto sentido como tuvo en el pasado. Vania (Ginés García Millan) ve cómo ha dejado pasar su vida en un mundo asfixiante y cerrado, mientras que su sobrina (Marina Salas) consume su juventud rodeada de un ambiente putrefacto. Completan la historia el doctor Astrov (Jorge Bosch), que intenta dar sentido e importancia a una vida insulsa, la madre de Vania (Susi Sánchez) y Teleguín (Malena Gutiérrez), que pone la nota divertida a esta gran reflexión existencial. El elenco realiza un trabajo soberbio que logra transmitir las sensaciones y pensamientos de unos personajes complejos. El texto exige gran versatilidad, cambios constantes, y todos ellos lo salvan con maestría.

Veronese también se ocupa personalmente del espacio escénico. Reciclando parte de la escenografía de otras obras suyas y con un vestuario corriente, el autor lleva la mirada hacia la psicología de los personajes. El resto no importa. Lo relevante es inocular la duda sobre lo idílico de la vida en el campo, sobre el sentido del trabajo diario, sobre la tradición, o sobre las construcciones y convenciones del mundo urbano. Asimismo, se reflexiona sobre el teatro, el significado del arte y el concepto de belleza. Metateatral, a veces, los personajes se “cuelan” es escena por lugares inesperados, cuestionan la interpretación en sí misma y homenajean a Jean Genet en un momento dado.

La vida es decepcionante, eso parece intentar decirnos ‘Espía a una mujer que se mata’. Los héroes no existen y todos somos tan patéticos como el resto de personas que observamos a nuestro alrededor. Hay halos de belleza, de esperanza, de sentido en algunos momentos, ¿es eso suficiente? No esperen respuestas.

Mi puntuación 4/5

4estrellas

Estela Cayón

Bodas de sangre

Recomendada para infieles, y para quiénes observan que en la historia lo moderno es antiguo y el mundo es mera repetición cíclica


Las Bodas de Sangre de Pablo Messiez, que pueden verse desde hace unos días y hasta el 10 de diciembre en el Teatro María Guerrero de Madrid, ofrecen una visión diferente a la habitual del texto de Federico García Lorca. Esta contemporaenización realizada por uno de los dramaturgos más afamados de la escena actual se prometía como uno de los estrenos de esta temporada. Y, sin duda, estamos ante una versión atrevida y valiente, pero también algo irregular en potencia dramática y floja en algunos momentos.

La propuesta se abre con un monólogo extra, tomado de la ‘Comedia sin título’ también de Lorca que sirve como prólogo. La muerte, encarnada por Carla Faci, recita este texto con la intención de remover al espectador, de hacerle cuestionarse el porqué asiste al teatro, o qué espera de ello. Desnuda, la actriz logra inquietar a un público demostradamente infantil que se ve sobrepasado por la imagen de una mujer normal sin ropa que les pregunta en escena si han llegado hasta ahí para divertirse, o para que les entretengan.

A continuación, da comienzo la versión de Bodas de Sangre. El punto fuerte durante toda la representación es la escenografía de Elisa Sanz. Onírica, potente y tremendamente lorquiana, a la par que actual. La propuesta estética es sublime. No se trata de mero artificio ni complemento. Es teatro y drama visual. Los colores planos, las texturas, ese blanco cegador del inicio, las placas que caen del cielo y componen las escenas, todo es mágico y evocador. También el bosque del final, con espejos, o el reflejo del público que se mete en escena hacia el final de la obra. El juego de luces y el sonido de Paloma Parra y Óscar G. Villegas, respectivamente, son también una maravilla.

En escena se mezcla la tradición y la modernidad. No se trata de un viaje de Bodas de Sangre al momento actual, sino de una conexión entre pasado y presente. Messiez ha recortado el texto y su propuesta viene dada por una sucesión de escenas, con un estilo cinematográfico, que se encadenan unas con otras. Todas ellas emanan la poesía necesaria para representar a Lorca y en algunos momentos, quizá los más oníricos, recuerdan bastante al reciente y espléndido montaje de El público de Álex Rigol,a que estuvo hace unos meses en La Abadía.

El momento de la boda es el punto álgido de la obra. La posición de los actores en escena, sus movimientos, los colores elegidos y los elementos dispuestos conforman una imagen bella y estética con gran poder emotivo. Se añaden aquí el poema Cielo vivo, de Poeta en Nueva york, que el padre regala a los novios durante la boda, y El pequeño vals vienes musicado que se hizo popular por la versión de Leonard Cohen.

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Durante la hora y media que dura esta versión, los actores hacen trabajos bastante correctos, aunque también decaen según va flojeando la propuesta. Gloria Muñoz, que hace de la madre del novio, Estefanía de los Santos, la criada, y Guadalupe Álvarez Luchia, la mujer de Leonardo, son sin duda las 3 actrices que sobresalen en escena.

En definitiva, resulta interesante la propuesta de Messiez, pero quizá no ha logrado cumplir las altas expectativas con las que todos nos habíamos acercado al teatro a tenor de los comentarios que se oían en el patio de butacas al finalizar la representación. De todos modos, cabe alabar una propuesta tan valiente, de un texto tan conocido y fácilmente criticable.

Mi puntuación 3/5

3estrellas

Estela Cayón

Dentro de la tierra

Recomendada para supersticiosos, curanderas y amantes de la comida ecológica


El Teatro Valle-Inclán de Madrid, una de las sedes del Centro Dramático Nacional en la capital, acoge hasta el próximo 19 de noviembre la representación de Dentro de la Tierra, el texto con el que el almeriense Paco Bezerra obtuvo el premio Calderón de la Barca en 2007 y el Nacional de Literatura Dramática en 2009 y que hasta ahora estaba inédito en España. El encargado de llevarlo a escena ha sido Luis Luque que dirige un montaje que emana lirismo y un mundo onírico cargado de realidades.

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La mención a la procedencia del autor del texto no es casual. Esta obra respira tierra, sol e invernaderos. Las tradiciones, las supersticiones y los convencionalismos atraviesan la trama. Y la historia de amor que hilvana todo el argumento se convierte en una excusa para reflejar un mundo concreto, un drama que bebe de los clásicos, y que con el detalle de lo más local y pintoresco nos habla de temas universales.

Entre el sueño y la realidad, el protagonista de Dentro de la Tierra, Indalecio, es un chico incomprendido por su familia, propietarios de grandes extensiones de plantaciones de tomates que se han ido forjando su fortuna con el sudor de su frente y grandes sacrificios. Indalecio no comparte sus ideales y sus familiares no le entienden a él. Los choques desembocan en grandes desencuentros en los que lo tradicional es cuestionado.

Los temas tratados son locales y a la vez aplicables a muchos otros lugares: ¿quién no conoce una población que se opone a cerrar la fábrica que les da trabajo pese a saber que a su vez dicha industria está matando lentamente a sus habitantes? ¿quién no se aprovecha directa o indirectamente de que grandes cantidades de inmigrantes trabajen por sueldos míseros y en condiciones inhumanas en diversas tareas que facilitan la vida tal y como la conocemos? ¿quién no ha visto como la diferencia no es aceptada ni tolerada en la sociedad?

El elenco, formado por Samy Khalil como Indalecio, Mina El Hammani como Farida, Jorge Calvo Raúl Prieto y Chete Lera como los hermanos y padres del protagonista, Pepa Rus como Mercedes y Julieta Serrano como La Quinta, realiza un buen trabajo realzado por una espléndida puesta en escena de Mónica Boromello. Con un punto surrealista, el espectador es trasladado al interior de un invernadero con un toque extraterrestre, sofocante y árido como la tierra en la que se inspira.

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La familia, que no siempre es el apoyo más importante de una persona sino que puede ser su peor lastre; la locura, que muchas veces depende del punto de vista del que observa, y la identidad, en todas sus vertientes, son los grandes temas de esta obra con aire lorquiano ambientada en un mundo rural y vulgar que se mueve por la fe y los rituales. Una interesante y personal propuesta que lleva a escena el universo de uno de los jóvenes dramaturgos españoles más interesantes del momento.

Mi puntuación 4/5

4estrellas

Estela Cayón

 

 

La piel

Elogio del tocarse, y crítica del ‘like’


La piel es tocar y es sentir. Marca nuestra relación con el mundo y el modo en el que lo interpretamos. Desde esta perspectiva, el montaje ‘La Piel’, puesto en marcha y creado por Teresa Rivera, que también lo protagoniza, y Valeria Alonso, en la dirección, alienta a analizar el mundo en el que vivimos, cómo nos relacionamos y la poca atención que prestamos a nuestro alrededor. “Un día me di cuenta de que tocaba más la pantalla de un móvil o las teclas de mi ordenador que la piel de la gente que quiero”, interpela Mary, la interlocutora de este monólogo que invita al público no solo a reflexionar sino también a actuar.

Mary, en cuerpo y alma de Teresa Rivera, es una mujer que está montando un club para suicidas donde intenta que todo esté al gusto de las increíbles pero ciertas actitudes sociales actuales. Dependencia absoluta del móvil, de las pantallas, de las redes sociales, del reconocimiento social, del cuidado obsesivo del propio ego, del consumismo… Mary se adapta y se revela camaleónicamente durante todo el montaje. La crítica es feroz y la interpretación de Rivera excepcional. Su fuerza reside no solo en sus palabras sino en su cuerpo, en toda su piel puesta al servicio de un grito de desesperación que alienta al cambio y la resurrección.

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El humor recorre también toda la obra, que es creativa, arriesgada y accesible a partes iguales. La escenografía, principalmente formada por una gran alfombra blanca y una caja-ataúd de cristal, resulta muy eficaz y visualmente es tremendamente atractiva. Al igual que el vestuario, ambos a cargo de Elisa Sanz, donde destaca ese traje de faralaes de latex negro. Estética “matrix” para un mundo en el que Mary intenta abrirnos los ojos y darnos una buena pastilla de realidad para despertarnos.

‘La Piel’, que se estrenó en el festival Surge 2015, puede verse hasta el 23 de septiembre en el Teatro Pradillo de Madrid. No se lo pierdan.

Mi puntuación 5/5

5estrellas

Estela Cayón

 

La ternura

Recomendada para cualquiera que quiera pasar un buen rato con una comedia de altura

 


Alfredo Sanzol defiende la ternura como todo aquello a través de lo que se expresa el amor. No se trata de lo blando, ni de lo débil ni de una tendencia sensiblera. Para Sanzol, la ternura expresa fuerza, la fuerza de aquellos que se sienten con ganas de escuchar, atender y empatizar con los que les rodean. Bajo esta premisa, el director y dramaturgo navarro trae a escena su nueva obra, La Ternura, una comedia con inspiración shakespeariana que habla del amor, de las relaciones sentimentales y de los lazos familiares.

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